© Josep Ros. Con la tecnología de Blogger.

Carallo! o cómo el glamour no está reñido con el pan y las patatas

Esta semana pasada anduve desaparecido del blog. Disculpadme pero estuve en una interesante implementación de VI 3.5 con virtualizaciones de Windows y Linux. Fue en una empresa de Ourense con mucho glamour en la que nos trataron muy muy bien.

El tema coincidió con los carnavales. Mientras algunos podían disfrutarlos y llegar a las 1000 a casa borrachos perdidos nosotros andabamos peleándonos con las VM, el ESX, las VLAN...

Hacía unos años estuve en Galicia para impartir un curso en Santiago de Compostela. Desde entonces no había regresado. Me sorprendió mucho el centro de Ourense con la Plaza Mayor rodeada de calles peatonales y rincones super guapos.

Sin embargo lo que más me sorprendió fue el pan. Llegamos un domingo a las 1000 (nos tocó una taxista castaña a más no poder...) y por suerte pudimos cenar. Al pedir se me ocurrió decir: nos pones esto y aquello y pan. La camarera me miró con cara extrañada y me dijo: ¡Claro!

Por las capitales que me muevo y en Cataluña en general cada vez se pone menos pan. En muchos sitios si no lo pides no te lo traen y el precio es escandaloso. Cuando nos trajeron la cena flipé colorines. Antes de los platos que eran muy abundantes y de una calidad fantástica, nos dejaron una montaña de pan en un cesto de mimbre. Lo ví, cogí un pedazo y lo estuve observando durante un buen rato. La costra era de un dedo de gruesa y la molla esponjosa pero muy consistente. El sabor increible. Me caía una lagrimilla por cada bocado.

Intenté recordar cuánto tiempo hacía que no comía un pan tan bueno. Creo que desde que en Murcia acompañaba a alguna de mis tias a comprar el pan una vez a la semana. Un pan que duraba toda una semana y que día tras día ganaba en sabor.

Otro día para cenar pedí huevos fritos. Traían patatas. Joder... qué patatas... Eran unas simples patatas fritas. Habían sido cortadas y fritas hacía pocos minutos y estaban en su punto. Cada patata una lagrimilla... tremendo. Por supuesto las comí una a una y con los dedos porque aquello merecía todo un ritual de adoración.

También me ha encantado el gallego. Un día el taxista llevaba una emisora en gallego y se entendía todo perfectamente. Es un idioma muy guapo. Escuchas a los lugareños hablar y es como un cántico. Hablan con tono muy calmado y cálido. Es un placer hablar con ellos.

Un dia Iago me comentó que allí se estila mucho decir: me-cago-en-ros :-) En Burgos escuché decir me-cago-en-sos, pero en ros no lo había escuchado núnca. Me hizo mucha gracia. Es la típica frase que de pequeño te sienta fatal y de adulto te hace gracia.

Otro día aprovechamos para pasear por la ciudad. A pesar del orballu que nos dejó empapados, valió la pena. Hacía tiempo que no veía una capital tan acogedora. Ya tengo ganas de volver, con más calma y algo más de tiempo para ver el Miño de día, si la niebla me deja, claro.

Aprovecho para agradecer a José y Iago su afectuoso trato.

1 comentario:

Gura dijo...

El orbayu? :)

Ya sabes a donde ir cuando puedas cogerte unas vacaciones...

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